¿Converge realmente la Península Ibérica? Territorio, desigualdad y los límites de la cohesión económica
Por María Gema Flores Polán; Gemma Carmen Fuentes Calle; Luís Fernando de la Macorra y Cano. Departamento de Economía Financiera y Contabilidad. Universidad de Extremadura.
La convergencia económica ha sido uno de los grandes objetivos declarados de la integración europea. Reducir las diferencias territoriales, equilibrar oportunidades y avanzar hacia una mayor cohesión social y espacial ha guiado durante décadas las políticas comunitarias. España y Portugal, incorporados simultáneamente a la entonces Comunidad Económica Europea en 1986, constituyen un laboratorio privilegiado para evaluar hasta qué punto esa promesa se ha materializado.
Si se atiende a los grandes indicadores nacionales, el balance parece positivo. Ambos países han experimentado un crecimiento sostenido desde comienzos del siglo XXI y han reducido parte de la distancia que los separaba de la media europea. Sin embargo, este diagnóstico cambia de forma significativa cuando el análisis desciende a una escala territorial inferior (la provincia), en cuyo caso, se observa una realidad más persistente: la convergencia existe, pero convive con un mapa de desigualdad interna muy resistente al cambio.
El análisis del periodo 2000–2019, basado en el PIB per cápita medido en paridades de poder adquisitivo de las regiones NUTS 3 de España y Portugal, muestra que las provincias con menor nivel inicial de renta han tendido a crecer más rápido que las más ricas. En términos estrictamente económicos, esto confirma la existencia de un proceso de convergencia. Nuestro análisis revela que se converge, sí, pero sin alterar de manera sustantiva la jerarquía territorial.
Convergencia β condicional de la Península Ibérica. 2000-2019

Fuente: elaboración propia a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) en España y Portugal.
Uno de los factores clave para entender esta dinámica es el papel de las grandes áreas metropolitanas y de las capitales. Madrid y Lisboa presentan niveles de renta muy superiores a los de su entorno y actúan como polos de concentración económica. Cuando se incluyen en el análisis, refuerzan la convergencia agregada; cuando se excluyen, el proceso se debilita y las desigualdades internas se hacen más visibles. Parte de la convergencia observada descansa, por tanto, en unos pocos nodos muy dinámicos.
Esta situación resulta especialmente evidente en el suroeste de la Península Ibérica, un espacio que abarca territorios como Extremadura, el Alentejo o la Beira Baixa. Se trata de una región interior y transfronteriza, históricamente marcada por el aislamiento, la escasez de infraestructuras y una débil articulación productiva. Aunque estas provincias muestran crecimiento económico y señales de convergencia estadística, siguen situándose entre los niveles más bajos de renta per cápita.
Desde una perspectiva histórica, esta trayectoria no es casual. La Raya Hispano-Portuguesa, una de las fronteras más antiguas de Europa, ha funcionado durante siglos más como línea de separación que como espacio de articulación. La falta de conexiones transversales, la fragmentación administrativa y la insuficiencia de inversiones estructurales han contribuido a consolidar un amplio espacio interior que, aun formando parte de una Europa desarrollada, permanece al margen de sus principales flujos económicos.
El análisis de los factores de crecimiento aporta una clave adicional. El aumento del PIB per cápita se explica fundamentalmente por la mejora de la productividad más que por el empleo. Durante la crisis financiera, la productividad continuó creciendo mientras que el empleo se contrajo con intensidad, especialmente en las regiones más vulnerables. Esta combinación ayuda a explicar por qué la convergencia en renta no siempre revierte en mejoras de bienestar social o en el aumento de oportunidades laborales.
Las implicaciones para las políticas públicas son claras. La convergencia económica, entendida únicamente como aproximación de los niveles de PIB per cápita, no garantiza por sí sola la cohesión territorial. Persisten asimetrías profundas que requieren intervenciones específicas: infraestructuras que conecten realmente los espacios interiores, políticas activas de empleo adaptadas al territorio, refuerzo del tejido productivo local y una cooperación transfronteriza efectiva.
En el contexto actual de redefinición de la política de cohesión europea y de los debates sobre el horizonte 2040-2050, el suroeste ibérico se erige en territorio que converge en términos estadísticos, pero que no logra incorporarse plenamente a las dinámicas de desarrollo y bienestar. La lección es clara: sin una mirada territorial minuciosa y sin políticas que aborden las causas estructurales de la desigualdad espacial, la convergencia corre el riesgo de convertirse en un éxito técnico y en un fracaso social.
La cohesión no es solo una cuestión de crecimiento. Es, ante todo, una cuestión de territorio.
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